
Tras la entrada sobre series estadounidenses, una sobre las españolas. Como en este caso es mucho más fácil recordar producciones malas, me resulta más entretenido desvariar sobre sus personajes más insultantes.
- “Gasofa”, en “Lleno, por favor”.
Sin duda, el número 1 del ranking. Micky Molina, abominable actor, encarnaba a “Gasofa”, dependiente de una gasolinera -comandada por Alfredo Landa- sobre la que pivotaban las desquiciadas tramas de este engendro televisivo. Estereotipo del chuleta macarra de buen corazón, daban ganas de rociarlo con gasolina y prenderle fuego cada vez que abría la boca.
- “Chusky,” en “Periodistas”.
Otro chuleta de barrio reconvertido en ser entrañable. Trabajaba en la redacción como chico para todo tras ser sacado del arroyo por Luis, el único redactor jefe de Local con despacho y secretaria propios de España. En agradecimiento, “Chusky” se follaba a su hija adolescente. Eso es un amigo y lo demás son tonterías. No recuerdo bien cómo acababa el asunto, pero sí que este personaje con nombre de perro y un permanente pañuelito macarrónico al cuello -demasiado poco apretado- era ascendido con el transcurrir de la serie a soplón oficial: le ponían mesa propia y un escáner para pillar la emisora de la Policía.
- El sargento Romerales, en “Farmacia de guardia”.
Este policía municipal cascarrabias pero -sí, ¡otra vez!- entrañable iba siempre acompañado por esa actriz cuyo nombre no recuerdo pero que salía también en “Verano azul” y que se parece un huevo a Maria Jesús la del acordeón. Su gran aportación a la serie se producía cada vez que intentaba entrar en la farmacia, equivocándose al tirar de la puerta, graciosísimo momento que se veía potenciado cuando el resto de los personajes gritaba a coro: “¡Hacia dentro, Romerales!”. Intento acordarme también de una de las ayudantes de Concha Cuetos, cuyo timbre de voz y anormalidad patente generaban unas irrefrenables impulsos de estrangularla con el aparato para tomar la tensión, pero no consigo ni visualizar su cara, demostración evidente de la capacidad del cerebro para eliminar excrecencias.
- Ana Obregón, en cualquiera de sus series.
Sin necesidad de comentarios.
- Chechu, el abuelo y la Juani, en “Médico de familia”.
Aunque todos los personajes de esta serie hacían que el término genocidio adquiriera un sentido positivo, los tres mencionados se imponían sobre la cochambre general. Chechu era el hijo mediano de Emilio Aragón, un niño asqueroso cuya gran labor existencial consistía en beber leche Puleva en los desayunos, procurando que los espectadores vieran bien la marca (“product placement” le llaman a esta sutil estrategia los entendidos en marketing). El abuelo debería haber muerto en la guerra civil, pero seguía vivito y porculeando, hablando a sus familiares en un tono tan paternalista y arrastravocales (“Miraaaaaa, Chechuuuu, lo que le pasa a tu padreeeee…”) que no se entiende cómo estos no lo ingresaban en el asilo más ilegal. ¿Y qué decir de la Juani? Otro estreotipo: la chacha andaluza, malhumorada pero “mu” buena gente. Sus peinetas imposibles, sus mandiles del Pryca, su tono de voz –tres veces por encima del umbral de tolerancia del oído humano-, su estrechez cuando su novio, el Poli -otro que tal-, intentaba darle un simple beso en la cocina… todo en ella invitaba al asesinato.
- Arturo Fernández as himself.
O sea, Arturo Fernández en todas las series que protagoniza, porque haga de empresario, de cura, de playboy o de cantante de boleros, este hombre siempre se interpreta a sí mismo y se dirige con el aborrecible “chatina” a cuanto personaje femenino le pongan delante.
- “Quique”, en “Verano azul”.
¿Por qué tuvo que morir Chanquete y no él? Aunque dudo que sepáis de quién os hablo, porque es el personaje más olvidado de la historia de la televisión. Todo el mundo se acuerda de Javi, el mayor chulito; de Pancho, el chico del pueblo; de Bea, la tipa con la que éste arrimaba cebolleta en una mítica escena a lomos de un caballo; de Desi, la feúcha con problemas de autoestima; de Tito, el pequeño “salao”, y, por supuesto, de Piraña, el gordito que sudaba como un cerdo pedaleando por las cuestas de Nerja… ¿pero qué pasa con el séptimo en discordia? Pues que no hizo nada en toda la serie para merecerse el recuerdo del espectador. El papel de este auténtico perdedor consistía, sencillamente, en “to be”, es decir, ser y estar. Prueba de su inanidad es la práctica inexistencia de fotos suyas en internet. La que ilustra esta entrada es la única que he encontrado vía google, y encima con un humillante montaje "antes y después", en el que curiosamente sale ganando el "antes".